Tan diferentes y tan cercanos pueden ser dos discos en directo.

El primero de ellos llegó a mis manos a finales de los años ochenta. Un disco capaz de impactar desde la primera escucha, con sutileza, y perfección hasta en los matices. Una banda en su mejor momento,
sintiéndose grandes pero aún frescos. El disco es
Alchemy, el grupo es
Dire Straits. Mi historia con él es agridulce. Lo obtuve como copia de una copia de algún tipo de reflejo de copia de un original, y en formato cinta. Me enamoró hasta el punto de juntar duros y pesetas hasta lograr alcanzar las casi 2.000 que costaba. Por
fin, logré el capital necesario como para adquirir la pieza, un 15% más barata, en una pequeña tienda de discos escondida
detrás de
Nuevos Ministerios. El disco duró impecable dos días, hasta que amaneció rayado. Fui a ver si lograba cambiarlo pero la
tiendecilla había cerrado. Sensación de desesperación, rabia y frustración. Saqué el
romperrompecabezas que llevo
dentro y logré pasarlo a una cinta de calidad con un ligero
click donde estaba el defecto. Este fue el último
vinilo que compré. Lo mejor es que aun hoy, más de veinte años después me sigue pareciendo un disco maravilloso, impecable y digno de cualquier discografía que se precie.

El segundo directo lo adquirí guiado por un impulso y por la reputación que, los dos discos anteriores del grupo, se habían ganado en mi memoria. Un gesto instintivo en una tienda perdida al noroeste de
Washington me hizo sujetar el
CD con dos dedos, luego con la mano y no soltarlo hasta haberlo hecho mío. El disco
Live in Texas, el grupo
Linkin Park. Un directo intenso y fuerte con sonido claro. Una ejecución sin complejos ni fallos. Un grupo funcionando completamente
orquestado y con sus componentes
sensacionalmente conectados. Una
autentica joya que, de forma natural, he sido capaz de escuchar tres veces seguidas.
Alchemy y Live in Texas. Dos directos que no podrán faltar en mi selección de favoritos. Dos opciones tan distintas y a la vez tan cercanas.